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La encrucijada de 1810. Montellano vs El Coronil

 

Contenido:

De rerum Callensis
Esto no fue Móstoles
Cerdos y felones
Desiderata

Introducción
Los hechos I

Los hechos II
...y su interpretación

Últimas palabras

 

De rerum Callensis

Permítaseme el juego de palabras que he hecho, abusando del antiguo nombre de esa Villa. Quería decir que, tal vez, sobre ciertas cosas más valdría callarse... Pero, alego en mi favor aquello tan castizo de “La que sea puta que cruja”, dicho que aludía al crepitar del fuego, tormento al que en ocasiones eran sometidas estas nobles damas, tan útiles a la república... Sin embargo, me temo que nuestro orgullo -pese a que del hecho han transcurrido casi doscientos años- no saldrá bien parado. Aún así, haciendo honor a la verdad histórica, lo acontecido entonces debe resplandecer, aunque nos duela.

El suprascrito, hombre bien conocido en esos pagos, otrora visitante asiduo, ahora exilado voluntario, nació ahí y residió en el pueblo durante muchos años, bien que en periodos breves y discontinuos. Historiador amateur, aunque vocacional, me hallo en disposición de resolver un enigma histórico -discúlpese la grandilocuencia- que atañe a El Coronil y al vecino Montellano.

 

Esto no fue Móstoles

Me estoy refiriendo al terrible episodio por el que pasó éste, en 1810, cuando fue incendiado por los franceses en dos ocasiones. Todavía, en los años sesenta del siglo pasado, tan desgraciada efemérides era recordada en una tosca y naïf pintura, situada a modo de cartela recordatoria en la puerta de acceso a la caseta municipal, figurando en ella la fecha del evento. Suceso no bien conocido de los coronileños, fue lo que dio origen a una secular enemistad entre ambas poblaciones, extinta ya hace años -pero que quien esto escribe pudo conocer de primera mano-, así como a unos peculiares motes que unos y otros se prodigaban, sin saber a ciencia cierta a qué aludían. Me refiero a los epítetos de pancipelaos y torresdaleá, de cuyo significado se perdió noticia ha tiempo.

 

Cerdos y felones

Ello dio lugar a situaciones cómicas y ridículas: como la de atribuirles carencia de pelos en el vientre, o a imaginar cierto defecto arquitectónico en la torre -que no se percibía, por más que se la mirara-, respectivamente. Mi tesis, rigurosa y fundada, no deja de ser la opinión de un dilettante, por más que me exija tanto como cualquier profesional. Sin embargo -y me apoyaré en ellos, cuando haga falta-, haciendo uso del simple raciocinio y estableciendo el nexo causal entre algunos hechos puntuales, con otros no tan fehacientes, estoy en condiciones de probar, de modo categórico e irrefutable, el auténtico sentido de tales remoquetes.

Como casi siempre, el hallazgo es fruto de la casualidad. Yo también grité ¡Eureka! y me di una palmada en la frente. La clave del tesoro había estado siempre delante de mis narices, y tan cerca que ello me impedía verla. Hace años que guardo este secretillo, que ahora deseo vea la luz, para regocijo de los de Montellano y cura de humildad para los de El Coronil.

 

Desiderata

Es de justicia que resplandezca la verdad, reconociendo los méritos a que, por los hechos pasados, se hicieron acreedores, apagando definitivamente los rescoldos de una enemistad sin sentido. Sea mi artículo fuego purificador –in memoriam de aquél otro, tan nefasto-, que repare las viejas heridas que dejó aquella guerra, primer conato de conflicto civil, y reconozcamos públicamente la heroica conducta de los montellaneros cuando la francesada. Item más, institucionalmente, habríase de organizar un acto de desagravio, que sirviera de fundamento a una nueva hermandad entre pueblos tan afines. Amén.

 


 

Introducción 

La Guerra de la Independencia (1808-1814), aparte de otras relevantes consecuencias, representa a mi entender el primer conato de guerra civil -repito, y no exagero- entre españoles. Es rotundamente falso aquello de que toda España se levantó, como un solo hombre, contra el invasor... Sin ir más lejos, José Napoleón I estuvo dos años instalado en Sevilla, donde gozaba de gran popularidad, según testimonios coetáneos. ¿Qué decir de la admiración que su genial hermano despertaba en muchos  de nuestros compatriotas? Se habla mucho de Bailén, pero se oculta, pudorosamente, la entrada de Napoleón en Madrid, donde permaneció un mes. O que tropas españolas, al mando del marqués de la Romana, formando parte de la Grand Armée, participaran en la campaña rusa. Basten como ejemplos.

De un lado, los ejércitos franceses eran vistos, en una fácil generalización, como apéndices de la Revolución, anarquista y regicida. El clero, reaccionario y ultramontano, se encargó de inflamar a las masas populares, previniéndolas contra tan nocivas doctrinas e instándolas a la rebelión y a la lucha sin cuartel. Por otro, una exigua minoría: ilustrados, masones y regeneracionistas de toda especie, que suspiraban por efectuar cambios parecidos a los realizados en el país vecino. Obviamente, éstos mantenían una postura más acomodaticia ante la ocupación, mostrándose dispuestos a colaborar...; en suma, adoptan una actitud “servil”. Aquéllos, mantenían lo de luchar por la libertad de la Patria, en contra de la tiranía del ogro de Europa... O sea, podría decirse que fueron “liberales” avant la lettre... Estas dos facciones están personificadas -permítaseme el recurso fácil- por los dos pueblos: El Coronil y Montellano, respectivamente. Como es natural, ellos no eran conscientes de los sentimientos que yo les atribuyo. Desde luego; pero así obraron ante los hechos que nos ocupan, y esto es lo que importa. La gente de nuestro pueblo, con su proverbial pragmatismo, pensó que lo menos malo era acomodarse a la nueva situación, contemporizando con el invasor. Los de allende el Salado [los de Montellano], mitad contrabandistas, mitad pastores serranos, de naturaleza más rebelde y montaraz, plantaron cara a los gabachos.

 

Los hechos (I)

En tiempos pasados, la torre de la iglesia del pueblo formaba parte del entramado defensivo, haciendo de atalaya o vigía desde donde otear la presencia del enemigo. Aunque, en esa época, tal práctica estaba en desuso, sin embargo el concepto pervivía en la mente de los aldeanos. Por su topografía, Montellano era un lugar de imposible defensa. El Coronil, por el contrario, edificado en lo alto de una loma, circundado por una muralla en forma de coronel o faja -quizá, por su escasa altura, el término devino en coronil-, reunía las condiciones de una plaza fuerte, salvo en que no existía guarnición permanente a esos efectos1.

El heroico alcalde Montellano, José Romero, antes de su épica acción, ya se había distinguido como generoso contribuyente en una colecta patriótica realizada por la Junta Central, en la que se destacó, realizando un espléndido donativo en dinero y especies, según se recoge en un impreso de la época, que conserva el profesor Bernal Rodríguez -ex dono del autor-, en el que, curiosamente, aparece avecindado en El Coronil. El hecho no es insólito, dado que esta familia, hasta ayer mismo, anduvo a caballo de los dos pueblos.

Los sucesos de Montellano son bien conocidos, por lo que mi aportación a ese respecto he procurado fuera novedosa. Casualmente, llegó a mis manos la narración de un testigo ocular, reflejada en un librito por él publicado. Se trata del jefe de batallón De Férussac, que a las órdenes del general Maranzin, al mando de los 40º y 103º Regimientos, conoció los hechos de primera mano. He aquí su relato:

“Este pueblo [Algodonales], poco conocido, merece serlo. La heroica defensa de sus habitantes en la última guerra, colocará su nombre al lado del de ciudades célebres por su extraordinario comportamiento. El indómito [farouche]  Romero la defendía. ¿Podré pintar el coraje de este exaltado personaje, quien con sólo dos de los suyos, rodeado de su mujer e hijos, vendió cara su vida antes de ser muerto? Semejante a un león furioso, se rodeó de numerosas víctimas y, demasiado fiero para ser sometido, demasiado bárbaro para afectarle la situación de los suyos, que sacrificaba a su furia, que parecía haberles contagiado, Romero se presentó audazmente, a pecho descubierto, para recibir un golpe mortal, cuando notó que las llamas habían alcanzado la última estancia a donde se había retirado. Tal fue el final de este hombre. “Todo un batallón rodeó la casa que había escogido para defenderse. Cada casa era sitiada; el incendio nos dio la victoria, que pagamos, ¡ay! Pero, ¿se creería que los habitantes no querían rendirse, prefiriendo ser devorados por las llamas? A menudo, amigos, vecinos, en número de veinte o treinta, agrupados en un mismo lugar, tras una increíble defensa, morían, profiriendo afrentosas imprecaciones contra nosotros. ¡Qué ejemplo de resolución y  qué invencible coraje¡”2.

 

Los hechos (II)

El duque de Medinaceli era el señor natural de El Coronil. Ante él o su representante, el alcaide del castillo-fortaleza debía jurar ceremoniosamente el cargo, lo que solía hacerse en otros tiempos en la torre del homenaje. Tal acto estaba cuidadosamente reglamentado en Las Partidas (Ley 5, tít. 15, part. 2). Su incumplimiento comportaba el deshonor. A lo que parece, el regidor de turno rompió la fidelidad solemnemente empeñada...

 Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española3, habla de “batir el estandarte”, refiriéndose a casos parecidos al que nos ocupa. Cuando una plaza era rendida, sus defensores salían de ella –si se había pactado previamente- con las banderas inclinadas, en señal de sometimiento y humillación ante el vencedor. Tal debió ocurrir en El Coronil, a primeros de febrero de 1810.

Imaginemos la situación. Muy probablemente, los notables del pueblo, conociendo que los imperiales habían llegado ya a Utrera, estarían esperándoles a la puerta del castillo, hoy tapiada, para hacerles entrega de las llaves, tras lo que se arriaría el pendón ducal, izándose en su lugar la tricolor. Los franceses elegirían sus colaboradores, escogiendo a quien iba a ostentar la autoridad, en nombre de S.M. José Napoleón I, rey de España y de las Indias... Este personaje, cuyo nombre nos es conocido, se llamaba José Bernal... “que ejerció de corregidor cuando los franceses”. Así consta en un folleto de 1821, publicado cuando se dirimía el conflicto por las tierras.4

Este conspícuo colaboracionista sufrió la natural depuración, tras la guerra, aunque ello no exonera a sus descendientes -entre los que me cuento- de heredar la afrenta. He aquí, pues, que lo escrito ha de servir de reparación, a fin de ser borrado del padrón de ignominia y exonerado de tan humillante sambenito.

 

...y su interpretación

A las diferencias propias entre pueblos vecinos y sus lugareños, dirimidas a palos o pedradas muchas veces, vino a sumarse, en el caso que nos ocupa, la diferente opción ante el hecho bélico. Al poso de enemistad, latente siempre, se sumó un nuevo agravio.

La clave del enojoso asunto de los motes, está en el simbolismo del añejo código caballeresco-militar, así como en los, hoy caducos, conceptos éticos tan en boga en la España barroca -v. gr., fama, honor y gloria-, aún vigentes  a comienzos del siglo XIX, no sólo en las clases privilegiadas, que también en los estamentos sociales más bajos. Me atrevería a decir que, aún hoy, todo español de bien lleva un hidalgo dentro. Se contraponen dos símbolos análogos: la torre de una iglesia, la de Montellano, convertida por Romero en torre fuerte, baluarte del honor5, y la torre, propiamente militar, rendida sin lucha, del castillo de El Coronil. La comparación estaba servida, y jugaba a favor de los montellaneros. Su torre, con su alcalde, permaneció firme, erecta, y resistió a las mesnadas extranjeras; la de El Coronil, una auténtica torre defensiva, por el contrario, fue entregada sin pelea, es decir, con deshonra, traicionando la lealtad jurada. Por consiguiente, ella, con su entorno y población -a quienes había contaminado, de algún modo-, quedaba deshonrada, abatida, o lo que es lo mismo, inclinada, ladeada... En la elección del epíteto se ha hecho uso de una figura de retórica, la metáfora, en el sentido de claudicación, deshonor, etc., ya apuntados. El símil implícito en ella contrapone, tácitamente, el acto heroico realizado en lugar semejante, que no igual, como se dijo.

Para el otro remoquete, que fue el indicio principal de la investigación, sí que la Fortuna se puso de mi lado. El fortuito hallazgo lo debo a mis orígenes familiares. Hijo de carnicero, de pequeño fui testigo de aquellas ceremoniales “matanzas” -alguna acompañando a mi difunto padre-, tradición hoy en desuso. Los mayores recordarán, que el duro pelaje del cerdo sacrificado se eliminaba haciendo pasar por ella una especie de tea encendida. No hacía falta mucho ingenio para traspolar este acto ritual a la anatomía humana... En aquella matanza de Montellano -que lo fue, ciertamente-, los franceses habrían hecho de matarifes, en el más amplio sentido del término, incluido el abrir en canal al cochino... Lógico es imaginar que el incendio del pueblo sería acompañado del saqueo y otros desmanes... Total, una carnicería generalizada. ¡Horrible espectáculo! Los de El Coronil emplean el recurso más fácil y simple, determinado a posteriori: la comparación imprecatoria -que implica el deseo de un mal, por más que éste ya se había cumplido- y despectiva, por el animal elegido, de pésima fama en todas las culturas. De este modo, no sólo zaherían gravemente a los de allende el Salado, sino que hurgaban en la herida, todavía sangrante, de forma impía. Sic transit...


 

Últimas palabras

Concluida mi  aportación al asunto, en la que hay lagunas, inexactitudes –nunca deliberadas- omisiones flagrantes o errores ciertos, sólo me queda instar a mis ilustres amigos y homónimos, los profesores Bernal Rodríguez, a que de consuno decoren y perfilen este grueso boceto –que también a ellos les alcanza la reparación-, a fin de poner el definitivo nihil obstat.

Francisco Bernal R.

Publicado en Revista La Torre nos 2 y 3


 

NOTAS 

1.- Salta a la vista, que la mayor parte de la extensión ocupada hoy por las edificaciones se asienta sobre suelo de relleno. Ha poco, se borraron los últimos vestigios de su configuración natural, otrora recinto amurallado: Los Cantos y el Barranco.  

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2.- J. Daubedard de Férussac: Journal historique du siège de Saragosse, suivi d’un coup d’œil sur l’Andalousie, p.32 ss. Paris, A. Eymery, 1816 (Bibl. del autor).

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3.-  Passim. (Barcelona, Alta Fulla, 1993. Ed. facs.).

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4.- Fr. Francisco García Esquivel: Memoria de los sucesos de El Coronil. Sevilla 1821. (esto, junto con la réplica del cura Zambrano, obran en poder del señor Gómez Mendoza, ex dono del autor).

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5.- Omitimos la relación circunstanciada de los hechos, por sobradamente conocidos. El curioso lector hallará algún libro de provecho, sobre el particular, en el mínimo aparato bibliográfico manejado.

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BIBLIOGRAFÍA

E. Rodríguez Solís: Los guerrilleros de 1808. Madrid, Ed. Estampa, 1930.

J. Gómez de Arteche: Nieblas de la historia patria. Madrid, V. Sanz, 1876 (Tomo I  [“El alcalde de Montellano”]).